LA OTRA CARA DE LA MONEDA DEL ESPECTACULO DE BENITO ANTONIO MARTINEZ OCASIO.
El halftime show de Bad Bunny en el Super Bowl fue celebrado como un triunfo cultural latino. Español sin complejos, símbolos caribeños, orgullo identitario en el escenario más poderoso del entretenimiento global. Pero bajo esa capa de celebración, el halftime dejó al descubierto una radiografía cruda del atraso estructural de América Latina y de las responsabilidades compartidas entre élites corruptas y pueblos acostumbrados a tolerar, además de una acusación silenciosa.
Entre música y coreografía se recrearon escenas que se hacen por costumbres, ya familiares y que hoy, en el 2026, se consideran normales, parte vernácula de nuestras raíces: apagones simulados, luces que fallan, vendedores ambulantes, informalidad como paisaje. El mundo lo vio como estética, excepto TRUMP. Nosotros deberíamos verlo como evidencia. Porque eso no es folklore: es atraso.
En la América que es latina, los apagones no son metáforas artísticas ni recuerdos románticos. Son la consecuencia directa de décadas de corrupción, incompetencia y cinismo político en el sector eléctrico. Son contratos inflados, subsidios eternos, pactos que se anuncian para no cumplirse y una ciudadanía a la que se le pidió paciencia hasta que la paciencia se volvió resignación. El problema no es que el apagón aparezca en un espectáculo global; el problema es que siga ocurriendo en nuestras casas y ya no escandalice a nadie. Nada entalla mejor que lo acuñado por Noam Chomsky cuando se refería a su frase "cuando lo malo es normal" relacionándola a la estrategia del poder y los medios para manipular la percepción pública.
La economía informal, representada por los venduteros, tampoco es un símbolo pintoresco de ingenio popular. Es la prueba de que los Estados Latinoamericanos han fracasado en su función más básica: integrar a su gente al desarrollo. Más de la mitad de nuestra fuerza laboral vive fuera del sistema formal no por elección, sino por expulsión. Sin seguridad social, sin crédito real, sin protección. Llamar a eso “emprendimiento” es una forma elegante de esconder el abandono y la activación de un sistema económico llamado supervivencia.
El espectáculo fue honesto al mostrar lo que somos y eso merece un reconocimiento. Lo deshonesto es la lectura complaciente que hacemos de ello. Convertimos la carencia en identidad, el fallo en narrativa, el desorden en marca cultural. Celebramos que sobrevivimos, cuando deberíamos preguntarnos por qué seguimos sobreviviendo en lugar de avanzar, por que se normaliza la creencia de que el progreso existe solo en la América que no es latina.
La responsabilidad principal recae, sin duda, en una clase política que ha saqueado el futuro con absoluta impunidad. Pero no toda la culpa vive en las sedes presidenciales. Como sociedad, hemos sido extraordinariamente tolerantes con el abuso. Aprendimos a convivir con el apagón, a justificar al corrupto “porque resuelve”, a votar sin memoria y a indignarnos solo hasta el próximo escándalo. El atraso no solo se impone desde arriba: se sostiene desde abajo.
Que el mayor reconocimiento a nuestra cultura ocurra fuera de la América que es latina no es motivo de orgullo pleno; es una señal de fracaso institucional. Exportamos talento porque no somos capaces de retenerlo. Exportamos creatividad porque aquí no hay estructura que la sostenga. Somos cantera permanente y nunca escenario principal.
El halftime show fue histórico, sí. Pero también fue brutalmente sincero. Mostró una cultura poderosa atrapada en Estados débiles y sociedades conformistas. Mostró que sabemos cantar, crear y resistir… pero seguimos fallando en exigir.
Aplaudir fue fácil, lo difícil —y lo verdaderamente pendiente— es dejar de aceptar como normal lo que en cualquier país serio sería inaceptable.
JAVIER ROSARIO P-.


